
Todas las veces que he intentado comenzar este post me he quedado en blanco, así es que pensé que lo más adecuado sería comenzarlo describiendo las sensaciones que me invaden ahora que redacto esta querida receta y también contándoles por qué me sucede esto.
Si mi padre viviera seguramente no publicaría esta preparación, pues era suya y él la resguardaba como un gran tesoro.
Ahora que me pertenece por derecho adquirido os la entrego con mucho cariño a modo de homenaje a ese hombre con un carácter lleno de contrastes.
A él pertenecía desde que tengo uso de razón la responsabilidad de mezclar, cual alquimista, aquel ancestral brebaje. Con los años y con la perseverancia de permanecer siempre a su lado observando cómo conseguía, lo que a mi juicio era el sabor ideal, me gané el puesto de ayudante y con el transcurso de los años fue delegando en mi gran parte de aquella preparación.
Y aunque yo me llevara todo el trabajo de lavar y secar envases, hervir el agua, cocer las especias, generar la base de café y enfriarla debidamente, agregar la leche condensada..., mi padre se convertía en el autentico artífice de conseguir el sabor "ideal" de este típico licor chileno, aunque solo participara en el final de la receta, agregándole su toque secreto.
Tanta confianza tenía yo en su paladar que jamás, mientras Don Juan vivió, osé siquiera hacer esta preparación sin su aceptación final, y así, aun cuando mi padre se trasladó a vivir a la costa a más de 100 km. de Santiago donde yo vivía, cada año nos intercambiábamos a modo de aprobación una botella de este exquisito licor con el cual ambos nos deleitábamos en la distancia sintiéndo que algo del otro había quedado plasmado en esa deliciosa bebida.
En Chile, cuando estas fechas se acercan, se respira en el ambiente un aire de festividad muy conectado con los sentidos, a aromas dulces de especias en las calles, a primavera, a juguetes nuevos secuestrados en divanes con 7 llaves y a pólvora quemada. Todo ello son el marco de un entorno que añoro con mucha melancolía.
También extraño algunas de sus entrañables tradiciones, como son el felicitar las navidades y el año nuevo, visitando las casas de los más allegados y compartiendo un trocito de
pan de pascua y un vasito de
cola de mono bien helada. (estos links son del maravilloso blog de mi querida Angélica Bertini, una de las chilenas más chilenas que he conocido en estas andanzas blogueriles)
A raíz de esta tradición mis hermanas y yo sufríamos la burla de mis padres, ya que cada vez que golpeaban a la puerta corríamos a escondernos, pues los niños del barrio pasaban no una, sino dos y tres veces a saludar. En ese entonces, según mi madre, el objetivo era lograr lo que en todo un año no habían podido conseguir, es decir, besar y abrazar a alguna de nosotras. A mi haber, y con tan solo 8 años, ya tenía un par de lesionados graves que habían intentado robarme un beso o tomarme la mano mientras jugábamos.
Con el tiempo comprendí que esas asiduas visitas de mis vecinitos no eran motivadas por las tres escuálidas y hurañas niñas, sino que se debían a aquella bebida dulzona y algo pasada de alcohol que mi padre reservaba sólo para aquellos precoces aspirantes a yernos con los que Don Juan se divertía un buen rato viéndolos perder la compostura dos veces al año.
INGREDIENTES 3 litros aprox.
3 Litros de agua
Corteza de medio limón
Corteza de media naranja
12 clavos de olor
1 ramita de canela
2 cucharadas de vainilla
70 gr. de café soluble aprox.
1/8 nuez moscada rallada
700 cc. de agua ardiente (referencia)
1200 cc. de leche condensada. (referencia)
PREPARACIÓN
Hierve el agua junto a la canela, la nuez moscada, las cortezas del limón y la naranja pinchadas con los clavos de olor.
Cuécelos hasta que el agua se tiña de amarillo, por lo menos 1 hora.
Vierte el café y revuelve hasta que se disuelva completamente, reserva hasta que esté frío, si quieres puedes dejarlo en la nevera toda la noche.
Pasa el café por un colador bien fino, vierte en él dos cucharadas de vainilla líquida, mezcla bien.
Agrega la leche condensada revolviendo hasta que se mezcle con el café, ve probando lo dulce que quieres que quede, una vez hayas alcanzado el dulzor deseado agrega el agua ardiente, con el que también puedes agregar sólo la cantidad que creas necesaria, revuelve bien, envasa en botellas debidamente esterilizadas y conserva en la nevera.



La leche condensada le aporta a esta preparación la suavidad y espesura que no se logra con leche líquida, además evita que el ponche se corte, alargándole la vida considerablemente a la preparación. La calidad del agua ardiente también es importantísima ya que el gusto a madera no debe predominar por sobre el de las especias.
Este centenario ponche puedes servirlo bien frío como licor de sobremesa o bien acompañando galletas o dulces de navidad en reemplazo del café.
La bebida de Montt
Cada fin de año hace su entrada triunfal en los hogares chilenos. Preparado en casa o embotellado de fábrica, la Cola de Mono es uno de los elementos más propios y tradicionales de la celebración de nuestra nórdica y anglosajona navidad. Las versiones de su origen lo ligan a la figura del Presidente Pedro Montt.
Don Manuel Antonio Román, en su Diccionario de Chilenismos y otras voces y locuciones viciosas, atribuye al ponche en leche el nombre de Cola de Mono, por su color café oscuro.
Algunos informes señalan que este preparado se envasaba y se vendía en botellas de Anís del Mono, provenientes de España, muy populares en América, y cuya etiqueta mostraba a un mono con su larga cola. Sin embargo, la mayoría de las versiones ligan su nombre y su origen a la figura de Pedro Montt, a quien sus íntimos llamaban "el mono Montt".
Según Torres Vergara, en una ocasión en que Montt, siendo Presidente de Chile, disfrutaba junto a sus amigos de una velada en casa de doña Filomena Cortés y sus cuatro hijas, habría pedido que le entregaran su revólver Colt para retirarse, como llovía torrencialmente, y nadie quería que el presidente se fuera, argumentaron no encontrar el revólver y lo convencieron de continuar la fiesta pero se habían acabado los vinos y licores, por lo que agregaron aguardiente y azúcar a una jarra de café con leche.
La bebida, que tuvo gran éxito, fue bautizada como Colt de Montt (haciendo alusión al asunto del revólver). El nombre de la Colt de Montt, habiéndose popularizado, habría degenerado en "col e mon" , "colemono" y, finalmente, "Cola de mono".
Otros lo atribuyen a una anécdota ocurrida durante la campaña presidencial de 1901, cuando Montt fue derrotado por Germán Riesco, cuyos seguidores habrían ido a celebrar su victoria y la "cola de Montt" a una heladería en la calle San Pablo.
El dueño del local habría servido su especialidad, consistente en agregar aguardiente a los helados de café con leche ya derretidos. La denominación de la bebida, bautizada en la ocasión como "Cola de Montt", habria degenerado, gracias a la picardía popular, en "Cola de Mono".
Don Eugenio Pereira Salas, en "Apuntes para la historia de la cocina chilena", da por inventora del Cola de Mono a doña Juana Flores, que hasta hace pocos años mantuvo su venta en San Diego. Otros aseguran que lo creó su marido, quien se molestaba cuando lo llamaban Cola de Mono y no "Colemono", como él lo habría bautizado.
Fuente : http://www.nuestro.cl/notas/rescate/colamono_origen.htm